jueves, 18 de noviembre de 2010

La solencia decimonónica de matar perros - Marco Aurelio Denegri


La solencia decimonónica de matar perros en De esto y aquello (2006) de Marco Aurelio Denegri



Efectivamente, lo sólito, en el siglo XIX, en Lima, en el Cuzco y otras partes, era la matanza de perros vagos. Solencia que continuó en las dos primeras décadas del siglo XX, y como aún no regía la política de protección a los animales, entonces no resultaba inadmisible —hoy por cierto lo sería— la publicación de un artículo titulado ‹‹¿Tienen los perros derecho a la vida?›› Yerovi, que lo comenta, responde afirmativamente, aunque refiriéndose, desde luego, a los perros que tengan ‹‹la medalla municipal de salvación››, no a los perros vagos. (Cf. Leonidas Yerovi, Obra Completa, II, 387.)


En Lima matan los perros
para que no muerdan a los demás,
y al otro día, temprano,
mátanse más. (*)
‹‹Los aguadores —
dice Cisneros Sánchez— constituían un gremio importante y por el derecho de sacar agua de las pilas públicas tenían dos obligaciones: la de regar la respectiva plazuela un día por semana y la de matar a los perros sin dueño.›› (Manuel Cisneros Sánchez, Pancho Fierro y la Lima del 800, 87.)

Anteriormente, la matanza de que se trata había estado a cargo de los pulperos. (Cf. Martha Hildebrandt, Peruanismos, s.v. ‹‹Mataperro››.)

[...]

El viajero norteamericano George Squier —citado por Rivera Martínez— cuenta que en el Cuzco, en 1864, solíase matar perros vagos todos los jueves, por orden municipal.


‹‹Por cierto que en esos días —comenta Rivera Martínez— todos los canes ‘decentes’ era retenidos en casa por sus dueños, en tanto que los proletarios quedaban librados a su suerte. Y la matanza, encargada a los indios, se realizaba de modo tan sorprendente como cruel. Dos campesinos espantaban con palos a los animales a la entrada de una calle y los arreaban hacia la salida de la misma, donde otros dos los aguardaban con una cuerda que sostenían, de acera a acera. Y cuando un perro pasaba por encima, la tensaban de súbito y con un fuerte envión lo levantaban por el aire, y después de que caía al suelo, todo aturdido, lo remataban con sus cachiporras. Más tarde lanzaban los cuerpos de las víctimas al río Huatanay. Costumbre bárbara, sin duda, y que se inscribe en el marco de las muchas referencias en la que Squier alude a la ‘crueldad’ de los indígenas, siendo así que éstos se limitaban a cumplir las órdenes que recibían de las autoridades.›› (Edgardo Rivera Martínez, ‹‹Los perros del Cuzco››, El Comercio, El Dominical, 26 Marzo 2006, 7.)

Antes de reprobar añejas prácticas, conviene averiguar si durante su vigencia regían también los sentimientos actitudes que hoy nos mueven a condenarlas. Nos parece actualmente cruel el maltrato de animales y con cuanto mayor razón su matanza, aunque naturalmente hay excepciones; pero en lo antiguo no era así; torturar animales no era práctica execrable, ni costumbre vitanda matarlos.

‹‹El existencialismo –dice Fatone— al negar que el animal existe, repite, sin tener ciencia de ello, una vieja posición que consistió siempre en abrir un abismo entre el hombre y el resto de la realidad.

‹‹Es la posición que en el siglo XVII hizo considerar a los animales como autómatas o máquinas. Descartes fue quien en esa época extremó la posición: los animales no pensaban y ni siquiera sufrían. Respondían a los excitantes, como responde un mecanismo sin tener conciencia.

‹‹Y hasta fue moda mundana la de entretenerse en herir a los animales para oírlos gemir, porque ¡los animales gemían como los relojes daban campanadas! ¡Su respuesta, al gemir, era como la del reloj: mecánica!››

(Vicente Fatone, Introducción al Existencialismo. Tercera edición. Buenos Aires, Editorial Columbia, 1957, 58.)



(*) Bartola dice, equivocadamente, mátense, modo imperativo que en este caso realmente no corresponde; el modo correspondiente es el indicativo. (Cf. Bartola, Color Noche, disco compacto, pista 13, en la resbalosa.)

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