miércoles, 22 de diciembre de 2010

Crónicas desde Mongo - Sofocleto




Crónicas desde Mongo
en El ángulo agudo de Luis Felipe Angell de Lama "Sofocleto".


Hay una gran diferencia entre ser viajero y ser turista.

El viajero es un desconocido en busca de lo incógnito. El turista es un absurdo en busca de lo pintoresco. El viajero es permanente y el turista transitorio. Aquel lleva una libreta de notas, donde -como un cuaderno anfibio de bitácora- recuenta puertos, ciudades, paisajes y algunos nombres de mujer. El turista, en cambio, deja a su máquina fotográfica la fría responsabilidad de archivar esos recuerdos que él no puede iluminar con sus palabras.

El viajero es un soñador que, sin moverse del lugar donde se encuentre, puede dar la vuelta al mundo en una hora saltando de la Plaza Vendome a las playas de Estoril y de la Puerta de oro a la Cashba a bordo de su propia imaginación, que es el más veloz medio de transporte. El turista, en cambio, carga con su cuerpo donde quiera que vaya y su viaje está sujeto a los aviones que no parten, los trenes que se atrasan y los barcos que partieron cinco minutos antes. En última instancia, el viajero se mueve para mirar y el turista para que lo miren, porque con sus gorras, sus cámaras y sus trajes absurdos, los turistas parecen haber sido deportados por razones estéticas de sus países. En España, las madres se los dan como premio a los niños que se portan bien:

- Juanillo, como te has sacao buenas notas en el Instituto, puedes ir a entretenerte mirando turistas hasta el mediodía. Pero no te rías mucho, porque se ofenden...

El viajero es al espíritu lo el turista a la materia. El primero se lanzará a derribar fronteras sin importarle dónde habrá de dormir ni qué alcanzará a comer. El segundo consultará con su agenda de viajes y sabrá que en el Hotel de Estambul le darán la habitación número 31. El turista tiene boleto de ida y vuelta, pero el viajero solamente de ida porque cuándo ha de volver. Es más, no sabe si volverá algún día o si terminará anclado para siempre en un puerto donde el agua sea muy azul, o muy azul el cielo, o muy azules los ojos de una mujer que lo miró al pasar. El dinero hace al turista, pero el viajero se mueve con la moneda local. Cuando la tiene. Porque hay la moneda del turista, que es el dólar, y la moneda del viajero, que es la promesa de pagar mañana.

Al turista le interesan precios, alturas, profundidades, largos, anchos, antigüedades y anécdotas. El viajero busca horizontes, perfiles, ángulos, personas, voces y nubes. Son el humanismo y la geografía, dando la vuelta al mundo en tercera clase y en clase turista. Hay entre ambos el abismo que separaba a los fenicios de los griegos. Es la Satisfacción en pugna con la filosofía, el todo contra la nada, lo cuantitativo del turista contra lo cualitativo del viajero. Ambos se ven, se saludan y a veces conversan. Pero no se tocan. Uno busca la mesa de un café, el otro busca su consulado. Los conceptos son distintos.

- Esta ciudad es muy sucia.

- No. Esta ciudad es muy vieja.

El andar sería perfecto si el viajero tuviera las ventajas del turista y el turista los ojos del viajero. Pero no puede ser, porque entonces perderíamos esa condición de caos, que es la única institución permanente del mundo. El turista es un experto en huevos fritos, porque los ha comido en todos los rincones de la Tierra, pero el viajero recuerda cálidamente, casi con ternura, ese "goulash" que fue su único alimento durante los cuatro días que estuvo en Budapest. El viajero y el turista son exteriormente iguales (exceptuando el atuendo): Ambos tienen ojos, piernas, corazón, estómago y pulmones. Es el uso de estos órganos lo que los diferencia. En cómo se ve, en cómo se respira, en cómo se siente, está la condición de turista o viajero que tiene cada uno de nosotros. Con el pasaporte en la mano se puede ser un aladino o un Cassim. Depende todo del uso que le demos a la lámpara maravillosa.

- ¿Cuál es el monumento más grande de Italia?

- Sus mujeres.

La tierra es redonda y, dando la vuelta al mundo, se puede volver sin regresar. Como Colón, ese artista que paraba huevos sobre una mesa y que, además, descubrió América. Se puede ir siempre hacia adelante, hasta que nuestras propias costas perfilen el horizonte y encontremos lo viejo como si fuera empecinadamente nuevo. Vivimos en un planeta, no en una parte de él. Toda la tierra nos pertenece, como si fuera una inmensa isla esférica suspendida en el espacio. Hay que viajar con avidez y por necesidad, no para descansar ni para llenar un álbum. Porque toda partida tiene, en última instancia, el encanto del regreso. Siempre habrá alguien esperándonos, aunque sea el perro, como en el caso de Ulises que –al cabo de veinte años- regresó a Itaca y el pobre animal se murió de alegría al verlo. No sabemos si porque estaba enfermo o porque los perros jamás viven tanto tiempo...

O porque, a veces, no es bueno volver sin avisar.

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