miércoles, 22 de diciembre de 2010

El asesino desorganizado - Marco Aurelio Denegri




El asesino desorganizado en De esto y aquello (2006) de Marco Aurelio Denegri


1. La pérdida de los controles instintivos

Niko Tinbergen, científico de renombre mundial, ha dicho que el hombre es un asesino desorganizado, queriendo significar con esto que el hombre carece de las barreras naturales instintivas que impiden al animal matar a sus congéneres. Carencia que lo obliga a la creación de disuasivos —normas, leyes, preceptos y mandamientos—, que no tienen por cierto la eficacia de los frenos e inhibiciones que dio natura al resto de los animales. (1)

En el comportamiento agonístico o agonal de los animales, esto es, cuando luchan o pelean (agón, en griego, significa lucha, combate, y por eso se dice agonía de la lucha postrera de la vida contra la muerte); repito que en el comportamiento agonístico de los animales, un gesto de sometimiento, de humillación, pone fin a la contienda. No bien reconoce uno de los contendores su derrota, muestra al adversario su punto más vulnerable. Los cuervos y otras aves ofrecen la parte posterior de la cabeza; los perros y los lobos la garganta. En el mismo instante del ofrecimiento, el vencedor debe interrumpir la lucha, y la interrumpe. Una inhibición propia de su especie le impide dar el mordisco fatal. De esta manera, el más fuerte se impone, pero el más débil sobrevive. El hombre, en cambio, carente de tal inhibición automática, da el mordisco y mata al rival.


2. La significación de las armas

La pérdida de dicho control, según Lorenz, se debió al uso de las primeras armas, que permitieron al ser humano actuar con una rapidez mayor que la del instinto, de modo que la inhibición de matar ya no fue eficaz.

Con el perfeccionamiento de las armas, el hombre pudo matar a distancia y, además, sin ser visto por el enemigo. Pero no sólo eso: pudo matar también —y esto es importantísimo— con impunidad emocional. El asesino que tira, por ejemplo, un misil de un continente a otro, no vive directamente las terribles consecuencias que ocasiona. (2)

Para sentir plenamente, emocionalmente, lo que significa matar, hay que hacerlo sin armas. Si un fin de semana fuésemos a cazar conejos y tuviésemos que matarlos con los dientes y con las uñas, y sintiésemos cómo se defiende el conejo, y cómo le brota la sangre, y todo el esfuerzo que hay que hacer para finiquitarlo, entonces viviríamos realmente, sentiríamos profundamente, lo que es matar. Pero no, nosotros no hacemos eso; vamos con la escopeta y le disparamos a cien metros. Así no sentimos nada.

El camino de la maza a la bomba atómica es en realidad la trayectoria de una desinhibición. Perdido el control instintivo que impide matar al contrincante, surgió la posibilidad de matarlo innecesariamente. El hombre mata por gusto y se complace en ello. También es el único animal que se ensaña, esto es, que se deleita en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está en condiciones de defenderse. El hombre, ha dicho Rolf Denker, no puede comportarse como un animal sino con mayor bestialidad que cualquier animal.


3. Hacker y la agresión

Sobre la agresión y la violencia de la especie humana se han publicado varias obras, pero acaso ninguna tan importante, quiero decir, como obra de conjunto, salvo posiblemente la de Erich Fromm (aludo a su Anatomía de la Destructividad Humana); ninguna, repito, tan importante como la de Friedrich Hacker titulada Agresión, con prefacio de Konrad Lorenz. Tiene muchas páginas, quinientas cuarenta y ocho páginas, pero así mismo muchas ideas y opiniones interesantes. Transcribo inmediatamente algunos lugares significativos.

“Definimos la agresión como la disposición y energía humanas inmanentes que se expresan en las más diversas formas individuales y colectivas de autoafirmación, aprendidas y transmitidas socialmente, y que pueden llegar a la crueldad.”

“La violencia no se identifica con la agresión: la violencia es la manifestación abierta, manifiesta, 'desnuda', casi siempre física de la agresión.”

“Factores hereditarios específicos, innatos, genéticos, influencias psicológicas y culturales, estructuras del sistema nervioso, y también hormonas y modelos sociales, en su interacción e interferencia, determinan el fenómeno de la agresión.”

“El amplio espectro de la agresión va de la actividad a la destrucción: de la agresividad sintomática, como pérdida de freno sobre procesos conscientes e inconscientes en todos sus matices, a la agresión como estrategia planeada; de la estructura organizada a la violencia.”

“La falsa apreciación propagandística e ideológicamente errónea de que con la violencia no se puede cambiar nada realmente, es contradicha por la observación histórica, psicológico-social y política. La violencia no sólo es eminentemente transformadora de la realidad y realmente eficaz, sino que determina en un grado cada vez mayor el fondo y la superficie de la realidad moderna. Con la técnica de la llamada polarización —sólo existen aliados y enemigos, y el que no está conmigo está contra mí— se consigue la esquematización, que es una de las premisas de la violencia.”

“Me veo obligado a destacar que no sólo la agresión sino la misma violencia en determinadas circunstancias (aunque más escasas de lo que hoy se cree) pueden tener un valor 'positivo' y lo destaco porque precisamente se puede abusar de este valor positivo (que es raro y raras veces inevitable) como modelo de justificación para las muchas formas de violencia superfluas, evitables y manipuladas.”

“A la larga, el uso de la violencia es una pobre estrategia, porque sus éxitos iniciales, al llamar la atención y al obtener un carácter público, inducen a la repetición, la embotan y provocan la antiviolencia, la escalada de la violencia y el embrutecimiento general.”

“Es muy dudoso que el principio de la no-violencia pueda tener eficacia sin la personalidad carismática de un guía y, sobre todo, sin la previa traslación de los antagonismos a un terreno de 'caballerosidad'; un Estado totalitario no habría tolerado las privaciones que se impuso Gandhi ni les habría dado publicidad.”

“En un mundo polarizado, fanatizado, obstinado en la violencia, la renuncia incondicional a la violencia en cualquier circunstancia es, o una pose, o una sobrevaloración irracionalmente demencial de la razón, o una altiva indiferencia frente a la persistencia de un sufrimiento evitable.”


4. Hipótesis de la Escuela de Yake

Para los etólogos, la agresividad es pulsión autónoma y no simplemente manifestación reactiva del organismo. Pero según la hipótesis de la Escuela de Yale, hay relación causal entre la frustración y la agresión; ésta supone siempre la existencia de aquélla; la agresión sería, en consecuencia, de índole reactiva; cada vez que se impide una conducta cuyo fin es obtener placer o evitar dolor, se origina una frustración, que a su vez despierta agresión contra las personas o cosas que se tienen por causantes de la frustración.

Basándose en nuevas investigaciones, los autores de esta hipótesis la reformularon, reconociendo, entre otras cosas, que es efectivamente cuestionable suponer, como habían supuesto, que de resultas de la frustración se origine siempre alguna forma de agresión. La frustración es estímulo para la agresión, pero no es el único estímulo.

Reconocieron, además, los científicos de Yale, no haber distinguido bien en su hipótesis entre la suscitación o excitación de tendencias agresivas y la manifestación real de la agresión.


5. Utilidad de la agresividad

La agresividad, cuando no es destructiva ni violenta, es biológicamente útil. Si no fuésemos agresivos, tiempo ha que nos habríamos extinguido como especie. Ocurre, sin embargo, que el homo sapiens ha llegado a ser homo brutalis. La suya es, por tanto, como diría Fromm, agresividad maligna y necrofílica, despiadada y brutal.

La brutalidad, dice Hacker, parece ser el lema de nuestro tiempo. Tanto la aplicación crudelísima de la violencia brutal como la habituación indiferente a la brutalidad como suceso diario se hacen cada vez más frecuentes. Mejor dicho, ello ya es, y uso el neologismo de Marías, una solencia.

La violencia suele combatirse con la violencia (otra solencia, dicho sea de paso). Error de bulto, según Hacker. A juicio de este autor, la violencia no puede ser neutralizada con éxito por la violencia, sino por la identificación y el conocimiento de las circunstancias y condiciones que engendran la violencia, y por la eliminación de las mismas.


6. Reparos

En la obra de Hacker, generalmente estimable y de lectura provechosa, el autor no para mientes en la antropología cultural de la violencia. No se ha detenido a preguntarse —debió— por qué hay culturas más violentas que otras. Compense el lector la falta leyendo La Naturaleza de la Agresividad Humana de Ashley Montagu.

Por otra parte, que la privación de estímulos, como demostraron Dexton, Herron y Scott en 1954, sea desorganizante y enloquecedora para el ser humano, es hallazgo de validez posiblemente general en Occidente; pero en otros sitios no es así; al menos en el Tíbet no lo es. Convénzase el lector de ello consultando el libro de Alexandra David-Neel, Místicos y Magos del Tíbet. Los ermitaños del Tíbet, no obstante aislarse durante varios años, no se trastornan; y eso que algunos cumplen el aislamiento a obscuras. ¡A obscuras! ¡Hay que ser tibetano para semejante proeza!

El capítulo final, que Hacker titula “El inexistente capítulo final”, amalgama convicciones personales, confesiones, ideales, recomendaciones y buenos deseos; es un ponche servido con no poca declamación.

Sin embargo, repito, la obra de que se trata es valiosa, y también la de Fromm. Ambas son, a mi ver, de lectura obligatoria.


7. La compulsión de matar

En los primeros ciento cincuenta años de los últimos doscientos, en el Occidente civilizado —supuestamente civilizado—, la principal ocupación del hombre ha sido matar. Cada minuto, un ser humano ha dado muerte a otro ser humano. En los últimos cincuenta años, la pausa entre una y otra muerte violenta se ha reducido a un tercio; es decir que actualmente cada veinte segundos un hombre mata a otro hombre.

Lewis Richardson, en su libro Estadística de las Querellas Morales, calcula que entre 1820 y 1945, fueron muertos cincuenta y nueve millones de seres humanos en guerras, ataques homicidas y otras luchas fatales.

Considerando, pues, la destructividad, la brutalidad y la estupidez de la especie humana, yo comparto la opinión de Lorenz de que es inútil seguir buscando el eslabón perdido, porque el eslabón perdido somos nosotros.

“Si yo creyera —dice Lorenz— que el hombre es la imagen 'definitiva' de Dios, entonces no tendría mucha confianza en Dios.”

Habrá que pensar, en consecuencia, como ciertos gnósticos, que a nosotros no nos creó Dios, sino el Diablo, en un momento en que Dios estaba descuidado.


8. Nuestra incomparable diabolicidad

Somos, pues, diabólicos, y manifestación palmaria de ello es nuestra perseverancia en el error. Bueno fuera, o mejor dicho, no tan malo, que sólo nos equivocásemos; pero no, cometida la equivocación, perseveramos en ella, persistimos en el yerro, en el desatino o despropósito, en la estupidez monda y lironda. Es que no tenemos servomecanismos verdaderamente eficaces; y para enderezar y componer nuestra conducta los necesitamos; porque con la sola razón y las buenas intenciones seguiremos como estamos, desmedrados.


9. Servomecanismo

Acaso los más de los lectores ignoren lo que es el servomecanismo. Convendrá, pues, noticiarlos al respecto.

Dícese servomecanismo del sistema electromecánico que se regula por sí mismo al detectar el error o la diferencia entre su propia actuación real y la deseada. (Servo-, del latín servus, siervo, esclavo, sirviente, es elemento compositivo que entra en la formación de palabras con las que se designan mecanismos o sistemas auxiliares.)

En el ser humano, la detección del error o de la diferencia entre la propia actuación real y la deseada, no motiva la corrección, salvo ocasionalmente, y en consecuencia el yerro o el desfase prosigue y la actuación empeora. Pareciera haber en nosotros vocación de peoría y no, como sería menester, ánimo de mejoría.

Suele decirse, repitiendo a Séneca, que es propio del hombre equivocarse (“errare humanum est”); y es cierto; sólo que siempre conviene agregar, como hacían los escolásticos, que es diabólico perseverar en el error (“perseverare autem diabolicum”).

La perseverancia en el error es una de las características más detestables del ser humano y una de las más peligrosas.

Como decía el fisiólogo francés Charles Richet, estar dotado de razón y ser insensato, es algo mucho más grave que no estar dotado de razón.

El hombre no es, pues, homo sapiens. ¿Y entonces qué es?


10. ¿Qué es el hombre?

El hombre es un miembro del reino animal, del filum de los cordados del subfilum de los vertebrados, de la clase de los mamíferos, de la subclase de los euterios, del grupo de los placentarios, del orden de los primates, del suborden de los pitecoides, del infraorden de los catarrinos, de la familia de los hominoides, de la subfamilia de los homínidos, del género homo y de la especie stupidus.

“Todos los hombres —decía Mussolini— somos más o menos estúpidos. La cuestión es ser un estúpido ligero. ¡Dios nos libre de los estúpidos pesados!”


11. Nosotros y los antropoides

“Recientemente —dice José María Cabodevilla, en El Libro de las Manos—, tras un serio estudio comparativo entre el hombre y los antropoides, se ha demostrado que, de un total de 1065 rasgos anatómicos, sólo 312 son exclusivos del hombre, de tal suerte que las semejanzas entre nosotros y los monos antropoides con mayores que las que existen entre éstos y el resto de los monos.”

“Tanto ellos como nosotros somos primates, título mucho más insigne que el de simples vertebrados o simples mamíferos, pues 'primates' significa los primeros, los más sobresalientes, los Animales Principales.”

Si lo que Cabodevilla quiere decir es que tal primacía obedece al hecho de ser nosotros los que hacemos las mayores animaladas, entonces concuerdo plenamente con él. Nadie nos supera, en efecto, en la comisión de burradas. Somos, pues, los Animales Principales.

No solamente somos la única especie que no sabe convivir y que mata cada veinte segundos a uno de sus congéneres, sino que estamos empeñados —peligrosísimo empeño— en una creciente destrucción ecológica.

La incapacidad convivencial y la homicidiofilia, o mejor dicho, la homicidioerastia, son ciertamente terribles, pero la destrucción de todos los ecosistemas es de una demencialidad estupefaciente.

Presunción firme —muy firme— de Leakey

Richard Leakey, el gran paleontólogo de Kenia, tal vez el paleontólogo más famoso del mundo y cuyos hallazgos han sido sensacionales, ha publicado, en coautoría con Roger Lewin, el libro titulado Los Orígenes del Hombre. Entresaco de esta obra la cita siguiente, que contiene una presunción lamentablemente muy bien fundada y que dice así:

“Quizá la especie humana no sea más que un espantoso error biológico que se ha desarrollado hasta traspasar un punto en que ya no puede prosperar en armonía consigo misma ni con el mundo que la rodea.”

A una especie así lo único que le queda es extinguirse.

Esto no es pesimismo ni tampoco siniestrosis, como diría Pauwels. Esto es, sencillamente, la pura verdad. Aunque usted no lo crea.


NOTAS

(1) Sarah Blaffer Hrdy, antropóloga de Harvard, demuestra en su libro The Langurs of Abu, haber pitecocidio entre estos monos de la India. En efecto, cuando se produce el derrocamiento del jefe, el langur triunfante suprime a la prole del vencido. Siendo precario el desempeño de su jefatura, ya que hay siempre otros machos acechantes dispuestos a derrocarlo, el nuevo jefe, deseoso de cubrir cuanto antes a las monas, se vale del infanticidio para acelerar la reiniciación del estro en las madres criantes. Demoraría más, naturalmente, la reiniciación, si no fuese interrumpida la crianza.

Acabo de decir infanticidio, pero tal vez debí decir cachorricidio, porque infantes sólo hay en nuestra especie, que es la única que habla, y el infante todavía no, por eso se le llamó infans, que no habla, del latín in-, no, y fari, hablar. Sin embargo, Plinio llamaba infantes a los polluelos y cachorrillos, y seguramente también a los monitos. De suerte que decir hoy, como dije, infanticidio por cachorricidio, tampoco es despropósito.

Cachorro, dicho sea de paso, no sólo es el perro de poco tiempo; ésa es la primera acepción, pero la segunda dice: “Hijo pequeño de otros mamíferos, como león, tigre, lobo, oso, etcétera.”

He visto cachorrez en Benedetti, Montevideanos, 70, aunque todavía no hallo documentación de cachorricidad. De la misma manera, no logro documentar machicidad, pero sí machez, expresión constante en Américo Castro, Teresa la Santa y Otros Ensayos, 261.

Ítem más: Ortega y Gasset manifestó por ahí, refiriéndose a los seres humanos, que éramos medio bestias y, a la vez, cachorros de arcángel.

Pero retomando el asunto que originó esta nota: lo positivo y lo cierto es que el caso de los langures es excepcional, y la excepción, contrariamente a lo que se supone, no prueba ni confirma la regla, sino que la establece para las cosas no exceptuadas; ése es el verdadero sentido de la expresión latina exceptio probat regulam de rebus non exceptis; es decir la excepción establece la regla de las cosas no exceptuadas”.


(2) Y a propósito de misiles, he aquí una prueba más de la locura armamentista: según la revista Time, del 16 de julio de 1990, página 9, doce mil misiles nucleares (¡doce mil!) apuntan desde los Estados Unidos a Rusia. Uno solo destruiría completamente el Kremlim y todo lo que estuviese a seis kilómetros a la redonda.

¡Y después se habla de la paz y del desarme! ¡Por favor!

Otra manifestación palmaria del afán destructor y aniquilante del hombre es la siembra que ha hecho, en todo el planeta, de minas antipersonales. Nuestro planeta está minado y lo está extraordinariamente. Desminarlo demoraría ... ¿sabe el lector cuántos años demoraría? ¿sabe cuántos? Pues sépalo de una vez y espántese: desminar la Tierra demoraría mil cien años. ¡Mil cien! ¡Sí, más de un milenio! El hecho produce estupefacción y sobresalto. En una palabra, pasmo.

La doctora Linda Lema Tucker, cuya versación en minas antipersonales es innegable, y a quien entrevisté en mi programa televisivo “A solas con Marco Aurelio Denegri”, el 24 de noviembre de 1998, me entregó dos trabajos muy importantes de su autoría sobre el asunto de que se trata. En uno de ellos, titulado “La humanidad y su condena a las minas antipersonales (MAP)”, se expresa como sigue:

“Se calcula que 110 millones de minas activas se hallan sembradas en 70 países, es decir, un artefacto explosivo por cada 16 niños o por cada 48 seres humanos en todo el planeta.

“Más de 1,400 personas mueren y 780 resultan mutiladas cada mes por acción de las minas esparcidas en todo el mundo. Se calcula que la erradicación total de los artefactos tendrá un costo de unos 33 mil millones de dólares, en un período de 1,100 años.

“Por cada mina que se retira se colocan 20 nuevas. El año pasado (1997) se retiraron 100 mil y se sembraron dos millones.

“Más de 25 países están actualmente en crisis a causa de las minas sembradas en sus territorios.

“En Angola y Camboya hay más minas que habitantes, y en Kuwait hay 280 minas por kilómetro cuadrado.

“Si 110 millones de minas antipersonales (MAP) están enterradas en 70 países, una cantidad equivalente está depositada en los almacenes de los países fabricantes. Semanalmente se fabrican 50 mil minas, es decir, cada minuto, 5 nuevas minas amenazan la paz del mundo. Son 35 países productores de minas antipersonales. Los más importantes son los Estados Unidos, China y Rusia.”

El otro trabajo de Linda Lema Tucker, muy informativo y bien documentado, como todos los de ella, se titula “Las minas antipersonales (MAP) en el Perú”. Recomiendo leerlo y también la lectura del artículo de Luis Gonzáles Posada, “¿Y las minas, Señor Presidente?” (La República, 29 de noviembre 1998, 22.)

Crónicas desde Mongo - Sofocleto




Crónicas desde Mongo
en El ángulo agudo de Luis Felipe Angell de Lama "Sofocleto".


Hay una gran diferencia entre ser viajero y ser turista.

El viajero es un desconocido en busca de lo incógnito. El turista es un absurdo en busca de lo pintoresco. El viajero es permanente y el turista transitorio. Aquel lleva una libreta de notas, donde -como un cuaderno anfibio de bitácora- recuenta puertos, ciudades, paisajes y algunos nombres de mujer. El turista, en cambio, deja a su máquina fotográfica la fría responsabilidad de archivar esos recuerdos que él no puede iluminar con sus palabras.

El viajero es un soñador que, sin moverse del lugar donde se encuentre, puede dar la vuelta al mundo en una hora saltando de la Plaza Vendome a las playas de Estoril y de la Puerta de oro a la Cashba a bordo de su propia imaginación, que es el más veloz medio de transporte. El turista, en cambio, carga con su cuerpo donde quiera que vaya y su viaje está sujeto a los aviones que no parten, los trenes que se atrasan y los barcos que partieron cinco minutos antes. En última instancia, el viajero se mueve para mirar y el turista para que lo miren, porque con sus gorras, sus cámaras y sus trajes absurdos, los turistas parecen haber sido deportados por razones estéticas de sus países. En España, las madres se los dan como premio a los niños que se portan bien:

- Juanillo, como te has sacao buenas notas en el Instituto, puedes ir a entretenerte mirando turistas hasta el mediodía. Pero no te rías mucho, porque se ofenden...

El viajero es al espíritu lo el turista a la materia. El primero se lanzará a derribar fronteras sin importarle dónde habrá de dormir ni qué alcanzará a comer. El segundo consultará con su agenda de viajes y sabrá que en el Hotel de Estambul le darán la habitación número 31. El turista tiene boleto de ida y vuelta, pero el viajero solamente de ida porque cuándo ha de volver. Es más, no sabe si volverá algún día o si terminará anclado para siempre en un puerto donde el agua sea muy azul, o muy azul el cielo, o muy azules los ojos de una mujer que lo miró al pasar. El dinero hace al turista, pero el viajero se mueve con la moneda local. Cuando la tiene. Porque hay la moneda del turista, que es el dólar, y la moneda del viajero, que es la promesa de pagar mañana.

Al turista le interesan precios, alturas, profundidades, largos, anchos, antigüedades y anécdotas. El viajero busca horizontes, perfiles, ángulos, personas, voces y nubes. Son el humanismo y la geografía, dando la vuelta al mundo en tercera clase y en clase turista. Hay entre ambos el abismo que separaba a los fenicios de los griegos. Es la Satisfacción en pugna con la filosofía, el todo contra la nada, lo cuantitativo del turista contra lo cualitativo del viajero. Ambos se ven, se saludan y a veces conversan. Pero no se tocan. Uno busca la mesa de un café, el otro busca su consulado. Los conceptos son distintos.

- Esta ciudad es muy sucia.

- No. Esta ciudad es muy vieja.

El andar sería perfecto si el viajero tuviera las ventajas del turista y el turista los ojos del viajero. Pero no puede ser, porque entonces perderíamos esa condición de caos, que es la única institución permanente del mundo. El turista es un experto en huevos fritos, porque los ha comido en todos los rincones de la Tierra, pero el viajero recuerda cálidamente, casi con ternura, ese "goulash" que fue su único alimento durante los cuatro días que estuvo en Budapest. El viajero y el turista son exteriormente iguales (exceptuando el atuendo): Ambos tienen ojos, piernas, corazón, estómago y pulmones. Es el uso de estos órganos lo que los diferencia. En cómo se ve, en cómo se respira, en cómo se siente, está la condición de turista o viajero que tiene cada uno de nosotros. Con el pasaporte en la mano se puede ser un aladino o un Cassim. Depende todo del uso que le demos a la lámpara maravillosa.

- ¿Cuál es el monumento más grande de Italia?

- Sus mujeres.

La tierra es redonda y, dando la vuelta al mundo, se puede volver sin regresar. Como Colón, ese artista que paraba huevos sobre una mesa y que, además, descubrió América. Se puede ir siempre hacia adelante, hasta que nuestras propias costas perfilen el horizonte y encontremos lo viejo como si fuera empecinadamente nuevo. Vivimos en un planeta, no en una parte de él. Toda la tierra nos pertenece, como si fuera una inmensa isla esférica suspendida en el espacio. Hay que viajar con avidez y por necesidad, no para descansar ni para llenar un álbum. Porque toda partida tiene, en última instancia, el encanto del regreso. Siempre habrá alguien esperándonos, aunque sea el perro, como en el caso de Ulises que –al cabo de veinte años- regresó a Itaca y el pobre animal se murió de alegría al verlo. No sabemos si porque estaba enfermo o porque los perros jamás viven tanto tiempo...

O porque, a veces, no es bueno volver sin avisar.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿Cuántas horas diarias es soportable un ser humano? - Marco Aurelio Denegri



¿Cuántas horas diarias es soportable un ser humano? en Miscelánea humanística (2010) de Marco Aurelio Denegri



En relación presencial, cara a cara, uno puede soportar a otro ser humano dos o tres horas seguidas; y tres o cuatro si éstas no son seguidas, sino espaciadas. Lo cual rige para las relaciones normales y cotidianas con familiares, amigos y parejas estables. No rige para las relaciones especiales y desorganizadas en que hay pasión, deslumbramiento, admiración, obstinación, arrebato, obcecación y frenesí; verbigracia, el enamoramiento, que implica un régimen atencional completamente anómalo. Tampoco rige la cuantía de horas mencionada en el inicio de este párrafo para los casos de seres humanos aburridos y patéticamente desprovistos de vida interior que se reúnen horas de horas para mitigar el tedio.

El gran poeta italiano Giacomo Leopardi (1798-1837) dijo la siguiente frase célebre que a mi juicio es verdad axiomática:

‹‹No hay nada más raro en el mundo que una persona habitualmente soportable.›› (*)

Jean-Paul Sartre soportaba muy poco a los hombres y muchísimo a las mujeres, y ello me extraña, salvo que las tales hayan sido como la Beauvior, o si no precisamente como ella, al menos parecidas.

‹‹Con los hombres —dice Sartre—, una vez que se ha hablado de política o de algo parecido, gustosamente me callaría. Me parece que la presencia de un hombre durante dos horas en un día, aunque no vuelva a verle al día siguiente, es más que suficiente. Mientras que con una mujer eso puede durar todo el día y además continuar al día siguiente.››

Julio Ramón Ribeyro embrutecía si estaba más de tres horas con los seres humanos.

‹‹Sé por experiencia —confiesa Ribeyro— que no puedo soportar la presencia de una persona más de tres horas. Pasado este límite, pierdo la lucidez, me embrutezco, las ideas se me ofuscan y al final, o me irrito o me quedo sumido en un profundo abatimiento.››

‹‹Algún día analizaré con calma los orígenes de mi incapacidad para la vida social. Me gustaría determinar la época exacta en que comienzo a sentirme incómodo entre mis semejantes, a sufrir su presencia como una agresión, a buscar la soledad y el silencio. Si me remonto a los años de mi infancia, descubro que mi reserva y mi hermetismo son tan antiguos como mi uso de razón.››


Coda

En un texto unamuniano que se titula ‹‹Leyendo a Flaubert››, don Miguel se expresa como sigue:

‹‹Sí; comprendo, más que comprendo, siento, ese sentimiento que en Bouvard et Pecuchet le hace decir [a Flaubert]:

‹‹‘Entonces se les desarrolló una lamentable facultad [une faculté pitoyable], la de ver la estupidez y no poder tolerarla.’

‹‹En francés tiene más fuerza la palabra bêtise [necedad, tontería, estupidez].

‹‹Y en 1885 escribía [Flaubert] a su amiga madame Roger des Genettes:

‹‹‘He pasado dos meses y medio absolutamente solo, como el oso de las cavernas, y, en suma, perfectamente bien; verdad es que no viendo a nadie no oía decir tonterías. La insoportabilidad de la tontería humana ha llegado a ser en mí una enfermedad, y aun me parece débil la palabra. Casi todos los humanos tiene el don de exasperarme y no respiro libremente más que en el desierto.’››

‹‹‘Lo comprendo y aun diré más, aunque se me tome a petulancia: conozco esa enfermedad.

‹‹[…] Me ocurre lo que al pobre Flaubert: no puedo resistir la tontería humana, por muy envuelta en la bondad que aparezca. Dios me perdone si ello es algo perverso, pero prefiero el hombre inteligente y malo al tonto y bueno. […]››

‹‹El trato con seres humano —escribe Nietzche— es para mí una prueba nada pequeña de paciencia. Mi humanitarismo no consiste en participar del sentimiento de cómo es el hombre, sino en soportar el que yo participe de ese sentimiento. Mi humanitarismo es una permanente victoria sobre mí mismo.››


(*) Esto también lo sabía, y muy bien, el ilustre científico español Santiago Ramón y Cajal, que en su libro El Mundo Visto a los Ochenta Años, cuenta haber sufrido en su vejez de hipoacusia o disminución de la sensibilidad auditiva. ‹‹En cuanto a mí —dice—, prefiero mil veces la sordera al a ceguera. Aquélla me aleja del animal humano, a menudo insoportable, cuando no insidioso y hostil.››

lunes, 13 de diciembre de 2010

La llave del éxito - Sofocleto


La llave del éxito en Sofocleto Dominical: Tomo 2 (1997) de Luis Felipe Angell de Lama "Sofocleto"

Hace pocos días entré a una casa comercial del centro y —después de veinticinco años sin vernos— me encontré con un viejo compañero de clase cuyo aspecto general mostraba tan alucinante falta de aseo que parecía recién nombrado Gerente Vitalicio de la Baja Policía, porque:


1. Tenía las medias chorreadas como oreja de perdiguero, sobre un par de ex-zapatos que almacenaban tanto polvo como el arpa de Bécquer y que parecían estar muertos de sed porque los dos andaban con la lengua afuera.

2. En su barba se perfilaba, no ya la “sombra de las cinco” sino la penumbra de las siete, porque era evidente que esos pelos tenían 24 horas de vida sobre su rostro, convertido más en la foto de un cactus que en la faz de un ser humano.

3. Su cabeza no sólo pedía un champú a gritos sino un peine, un desodorante y una aspiradora a dramáticos alaridos, capaces de enternecer al propio Satanás, que es tan recio. Es decir, por aquel cuero cabelludo sólo hubieran podido interesarse los pieles rojas para ver si, hirviéndolo, podían sacar de él un buen trapo de cocina.

4. En cuanto a las uñas, debo confesar que me inspiraron un profundo respeto porque se notaba que de luto riguroso, tal vez debido a la muerte del dedo índice izquierdo, porque cada dos minutos hacía un nuevo esfuerzo por darle cristiana sepultura en la oreja del mismo lado.


Luego, la miscelánea que siempre completa el álbum. Es decir, el pantalón sin planchar, los dos cuellos negros (esto es, el de la camisa y el del pescuezo), la corbata con su nudo brillante, que parecía una aceituna de botija, y cierta emanación a putrefacto, que no describo porque a lo mejor hay enfermos en casa, pero que me hizo recordar la vez que se murió un burro en San Isidro y el cadáver estuvo catorce días fabricando bizcos y haciéndole nuditos en el duodeno a todo el mundo. Resumiendo —y por su propia confesión— mi amigo escolar había fracasado “inexplicablemente” en toda clase de trabajos y ocupaciones, sin entender la razón de este infortunio que parecía acompañarlo como una sombra. Me invitó un café, aunque yo hubiera preferido que me invitara un “amoníaco express”, y entramos en un local cercano donde nos cruzamos con dos chicas que los saludaron diciéndole “¡Pof…!”. Nos sentamos. Me explicó:


— Hermano, ahora me conseguí una chamba en esta firma importadora, donde estoy hace cuatro meses… un verdadero record, hermanito, porque nunca me duró tanto… Me pusieron en el Departamento de Quesos… tú sabes… esos quesos fuertes, duros, serranos, que parecen Gruyere, Gorgonzola, ¿comprendes…? Pero ya me aburrí de los quesos y ahora estoy pidiendo mi cambio a la Sección de Perfumería, porque ahí dan movilidad…

— ¡Allí, lo que van a darse es cuenta! —me aterré.

— ¿Cuenta de qué…? —se extrañó.

— ¡No, no… de nada… de nada…!


¿Cómo explicarle que los quesos eran su tabla de salvación y el único lugar del mundo donde podía ganarse la vida el pobre “Paloma Charcherosa”, como lo llamábamos en el colegio? En tales casos, por lo general, si uno dice lo que piensa pierde al amigo y no hay ninguna seguridad de que el jabón gane un adepto. La verdad, me faltó valor para insinuarle que se diera una vuelta por la ducha y lo dejé marchar, rumbo a su destino. Nos despedimos. Y yo escribo estas líneas sabiendo que el tema no es, precisamente, para figurar en una antología romántica, pero con la seguridad de que muchos van a hacerse un inventario frente al espejo y van a comprender, así, muchas “postergaciones”, muchas “injusticias” y muchas verdades que nadie se atreve a decirles, para no hacerles daño. Un hombre limpio, pulcro, aseado, tiene ganada la mitad del camino. Salvo, naturalmente, en los casos excepcionales que confirman las reglas:

— ¿Dice usted que los botaron del puesto porque era de lo más pulcro en las horas de trabajo…? ¡No puede ser…! ¿Y de qué trabajaba usted…?

— De basurero, doctor…

jueves, 25 de noviembre de 2010

‹‹Sentimiento oceánico›› - Marco Aurelio Denegri


Extracto de Vallejística en De esto y aquello (2006) de Marco Aurelio Denegri.




En la página inicial de El Malestar en la Cultura, dice Freud lo siguiente:

‹‹Habiéndole enviado [a Romain Rolland] mi pequeño trabajo que trata de la religión como una ilusión [El Porvenir de una Ilusión], respondióme que compartía sin reserva mi juicio sobre la religión, pero lamentaba que yo no hubiera concedido su justo valor a la fuente última de la religiosidad. Ésta residiría, según su criterio, en un sentimiento particular que jamás habría dejado de percibir, que muchas personas le habían confirmado y cuya existencia podría suponer en millones de seres humanos; un sentimiento que le agradaría designar ‘sensación de eternidad’; un sentimiento como de algo sin límites ni barrearas, en cierto modo oceánico.›› (Sigmund Freud, Obras Completas. Madrid, Biblioteca Nueva, 1967-1968, III, 1. Véase también Ernest Jones, Vida y Obra de Sigmund Freud. Buenos Aires, Editorial Nova, 1959-1962, III, 358.)

Freud confiesa haberse incomodado por la declaración de su amigo, ‹‹pues yo mismo —dice— no logro descubrir en mí este sentimiento oceánico››.

Indescubrimiento normal: él no tenía la finura perceptiva ni la sensibilidad artística de Rolland, ni la perspicacia poética; y sin todo ello no hay sentimiento oceánico que valga; ni tampoco esa ‹‹percepción de lo infinito›› descrita por Max Müller y que en buena cuenta se le equipara. (Cf. F. Max Müller, Lectures on the Origin and Growth of Religion. Varanasi, India, Indological Book House, 1964, edición original: Londres, 1878. Primera conferencia: ‹‹The perception of the infinite.››)

A propósito del infinito: en Los Paraísos Artificiales, de Baudelaire, y naturalmente en marco hachísico, véanse las consideraciones tituladas ‹‹La afición al infinito››. Ítem más: la sensación de infinitud que producía el mar en Vallejo se aprecia en un escrito de éste publicado en Mundial, el 27 de agosto de 1926, donde manifiesta explícitamente lo siguiente:

‹‹Me sumerjo en la emoción de infinito del mar››. (César Vallejo, Artículos y Crónicas, 187. Véase también Winston Orrillo, César Vallejo: Los Géneros Periodísticos, 107.)

En ‹‹Telúrica y magnética››, uno de los poemas vallejianos, consta la expresión sentimiento oceánico.


¡Oh campos humanos!
¡Solar y nutricia ausencia de la mar,
y sentimiento oceánico de todo!


Es sorprendente; el poema es de 1932; Vallejo no pudo haber leído Das Unbehagen der Kultur (no sabía alemán); y la traducción francesa sólo se publicó en 1934.

Ergo, el sentimiento oceánico vallejiano es creación extrafreudiana. (El doctor Javier Mariátegui dice haber visto la expresión de que se trata en Pierre Janet —1859-1947—; pero desgraciadamente el ilustre psiquiatría no me ha podido dar al respecto ningún dato preciso.)

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cantinflada - Martha Hildebrandt


Cantinflada en El habla culta (o lo que debiera serlo) (2003) de Martha Hildebrandt



A partir de 1940 —año de su primera película importante — se populariza en la América hispana el nombre artístico, Cantinflas, del actor cómico mejicano Mario Moreno, muerto a los ochenta años en 1993.


Sobre el origen de ese nombre artístico hay varias hipótesis, ninguna convincente para un lexicólogo. Pero —como suele suceder— son los legos en la materia quienes lanzan o recogen, con seguridad digna de mejor causa, las más pintorescas hipótesis etimológicas.


Relata, por ejemplo, Carlos Monsiváis, que en cierta ocasión, cuando el actor principiante Mario Moreno se explayaba en una cháchara enredada,


“Alguien, divertido con el fluir del disparate que propicia el cómico, le grita: ¡Cuánto inflas! (¡Qué borracho estás!): la contracción [de cuanto más inflas] tiene éxito, aparece Cantinflas y en esta materia lo verdadero es lo muy probable”. (En “Un caballero a la medida”, artículo publicado en Cambio 16; Madrid, 3 de mayo de 1993).


Si en el muy serio asunto de las etimologías “lo verdadero es lo muy probable”, como afirmaba Monsiváis, para algunos es igualmente probable que el apelativo Cantinflas haya resultado de la contracción de otra frase dicha en oportunidad semejante a la descrita por Monsiváis: en la cantina inflas, es decir, ‘en la cantina bebes hasta la ebriedad’, según se entiende en el español de Méjico.


En su última edición el Diccionario de la Real Academia Española incluye, como mejicanismo, el sustantivo masculino cantinflas referido a quien habla o actúa como el personaje identificado con dicho actor mejicano. Registra igualmente, también como mejicanismos de uso extendido a otros países de Hispanoamérica, los derivados cantinflada ‘dicho o acción propios de un cantinflas’, cantinflear ‘hablar o actuar en forma disparatada o incongruente’ y cantinflesco, adjetivo que remite a un cuarto derivado: acantinflado. Por último, incluye otros dos derivados que, al parecer, no se usan en Méjico: el venezolanismo cantinflérico y cantinflero como chilenismo.


En cuanto a acantinflado, aparecía ya en la edición de 1970 del Diccionario de la Academia (en el Suplemento) y, lo que es curioso, sólo como chilenismo. La entrada se mantuvo así en la edición de 1984 del DRAE; en la de 1992 acantinflado aparece como uso de Chile y Méjico.


Los nombres propios —los sobrenombres entran también en este grupo— no son en español prolíficos derivados que, como sustantivos, enriquecen el caudal de la lengua.


A semejanza de cantinflada se pueden citar barrabasada, de Barrabás, nombre del reo indultado con preferencia sobre Jesús; quijotada, de Quijote y perogrullada, de Perogrullo, nombre de un personaje popular identificado con la verdad palmaria que es superfluo repetir.


Los verbos derivados de un nombre propio, apellido o sobrenombres, como cantinflear, son todavía más escasos. Uno de ellos (que lleva también el sufijo de frecuentativo –ear) es jeremiquear o jerimiquear ‘lloriquear, gimotear’, del nombre del profeta Jeremías, célebre por sus lamentaciones; el verbo está restringido al uso de Andalucía y América.


Adjetivos terminados en el sufijo –esco, como cantinflesco, parecen algo más abundantes. Son ejemplos: dantesco, del nombre Dante Alighieri; quijotesco, de Quijote; quevedesco de Quevedo; donjuanesco ‘propio de un donjuán’, del nombre del personaje de Tirso de Molina y Zorrilla; churrigueresco, del apellido Churriguera, perteneciente al creador de un estilo de ornamentación recargada en la arquitectura española del siglo XVIII; rocambolesco, de Rocambole, personaje creado por el novelista francés Ponson du Terrail.


En cuanto al adjetivo cantinflero (usado también como sustantivo, referido a personas) que es sinónimo de cantinflesco y está documentado en el habla peruana, resulta difícil hallar otros adjetivos terminados en –ero que sean derivados de nombres o sobrenombres de persona.


En el español del Perú está también documentado el derivado cantinflismo. No hay duda de que el nombre artístico del actor mejicano Mario Moreno resulta un ejemplo extremo de productividad en el campo léxico.